Porque amo a Rodolfo

Porque amo a Rodolfo

Myan Daras

En Mérida por la mañana con dolor de cabeza veo insectos azules caminando por la puerta del baño del hotel. 

Ayer bebí dos litros de margarita antes de la ópera y una copa de vino en el intermedio del tercer acto. Vi en la terraza a una mujer hermosa y estuve a punto de no regresar a la sala. Terminó La Bohéme y Tomás dijo: “¿quieres ir con el elenco?” y dije “sí, claro, vamos”.

Entramos al bar, pedimos vino, los cantantes llegaron. Quise ser sincero e hice lo que no hago: decirle claramente a los involucrados, “me gustó su ópera, creo que fue hermosa”. 

Todos bebían y hablé mucho con la productora y fue entonces, frente a ella (seria, atractiva, un poquito coqueta) que por primera vez dije “¡Ay, Dios mío!” y se me quedó mirando raro, “¿y eso?”.

Me había salido del alma, que por fin iba hacia la alegría tras haber andado, solitaria y sombría, por la preocupación, la desilusión y el cansancio.

Ramón Vargas ha comenzado su gestión al frente de la Ópera de Bellas Artes (OBA) como un idiota. Me dicen que alguna vez su voz fue joven y lo creo, pero hoy su canto es sólo un recuerdo en la memoria de los viejos.

Conocí este abril en el MET a una anciana austríaca que me dijo que en la última Bohéme  que le escuchó en NY cerró los ojos y se le reveló una imagen poética: la voz de Ramón Vargas más allá del ocaso suplicando: “un Réquiem, por favor mi Réquiem, antes de que me desintegre”.

Y un Dios musical sonrió agradecido cuando su Ramón (brillante gloria del siglo pasado) anunció que aceptaba dirigir administrativamente la OBA, pues pensó que era la sutil, diplomática y elegante manera de retirarse.

Pero lo primero que hizo como funcionario público fue darse un protagónico (Manrico) que canceló y después se dio otro protagónico (Rodolfo) que cantaría en octubre de 2013 pero canceló aduciendo dolor de rodillas.

“Entonces, ¿por qué ese Ay, Dios mío?”, me preguntó la guapa productora.

“Es que amo a Rodolfo”.

El tenor Diego Silva se me quedó mirando y dijo “yo también amo a Rodolfo”; bebí vino y me seguí tendido, “y no quiero dejar de amarlo”.

Rodolfo odia a Ramón. Le dice “¿ya, no?, déjame en paz. Yo soy joven, tú eres viejo. Yo soy pobre, tú rico. Yo sueño con arte libre de intereses y tú lo has comenzado a encerrar en interés. No tenemos la misma alma y a través de ti yo resulto repulsivo y nadie me ama. ¿Eres consciente de lo ridículo que te ves cuando en el cuarto acto bailas?”


Y el Rodolfo de Diego, que tiene 24, fue tan real, tan lleno de juventud y de gracia; brilla cuando canta y su voz corre vigorosa y rauda, casi puedes verla iluminar las distancias.

¿Por qué es Ramón y no Diego quien cantará Rodolfo en Bellas Artes?, y como la respuesta es corrupción, engreimiento y mentiras, le dije a Tomás hace dos días, “sí, sí, voy a Mérida a ver La Bohéme; gracias”.


La noche frente al Teatro Peón Contreras no tenía luna. Tocaron dos veces las campanas de la Iglesia. Me pareció que ya todos estábamos borrachos.


Tuve la ridícula impresión que la soprano Marcela Chacón (cantó a Mimí, la amante de Rodolfo que hace flores de papel) me quería dar por debajo de la mesa la mano. Pero no, sólo dijo “También amo a Rodolfo” y todos nos reímos contentos.


El vino venía a nosotros corriendo alegre y despreocupado, como un niño jugando en la playa, hasta que se acabó, o por lo menos eso dijo la mesera morena de cuerpo elástico que me recordó a la mujer de la terraza y me inquietaron sus ojos negros viendo mi barba.

Alguien dijo, me parece que Tomás, “Bueno Myan, a dormir; mañana tienes que hacer dos entrevistas temprano”.


Y aquí estoy en el baño. Mi corazón late a la mitad de la cabeza. Soñé con Puccini. Me intentaba decir algo pero yo no lo entendía. En la puerta hay un escarabajo y su azul es intenso.

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