HACIENDO EL AMOR CON DROGAS

Por Hugo Roca Joglar


Creo firmemente en dioses sensuales 


La música y un orgasmo son las experiencias más eficaces para acercar nuestras almas hacia lo inexplicable. Las drogas, en el contexto de esta búsqueda mística, pueden funcionar −durante algún tiempo− como mapas.

Y creo en las palabras de D.H. Lawrence (de su ensayo Haciendo el amor con música): nos convertimos en lo que la generación anterior pensó; somos las ideas de nuestras abuelas.  No las ideas brillantes y hermosas, sino las ocultas y violentas.

    • amor
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Los sueños de mi abuela 


Mi abuela soñó con que le hicieran el amor con drogas. Que su marido la poseyera en un éxtasis erótico inducido por el opio. Pero ella no era consciente de este oscuro, sexual e íntimo deseo, pues estaba implacablemente hecha de los sueños escondidos de su propia abuela.

Y su abuela (mi tatarabuela), burguesa catalana que creció en el entorno de las guerras europeas de la segunda mitad del siglo XIX, soñó con una familia unida en torno a lo prudente y ordenado; con una vida entregada al servicio de sus hijos, las maneras y la decencia.

Entonces mi abuela se entregó a un sacrificio matrimonial y maternal sobrio y rígido. Y así vivió, solemne y discreta, cada uno de sus días, hasta que, por error, a los 88 años, probó las drogas.

Se cayó en el baño. Logró arrastrarse hasta el teléfono –con la fuerza de sus brazos, pues tenía la cadera deshecha- y avisó a su hijo. La operaron y durante la primera noche de regreso a su casa, los medicamentos para paliar el dolor le provocaron una aterradora alucinación.

"Veo a mis dos hijos y a mis tres nietos. Son ustedes niños. Yo estoy en un teatro, arriba del escenario. Comienzo a cantar. Soy la Salud de Falla (de la ópera La vida breve) y ustedes aplauden, lanzan flores y gritan “¡bravos!”. Ustedes crecen y yo sigo cantando. Son adolescentes; ya no aplauden. Se aburren y comienzan a hablar. Su conversación se confunde con mis arias. Yo me siento triste y traicionada. Pero sigo cantando. Ustedes crecen y crecen; se vuelven adultos, tú tienes barba. Abandonan el teatro. Yo les ruego que por favor se queden, que aún no termina la ópera, pero se van. Entonces de mi voz salen cadenas metálicas que se enredan en mi pecho hasta estrangularme".


Yo soy los sueños de mi abuela


Quise impresionar a una mujer y esnifé cocaína sobre una tiza de billar. Tenía 17. La sensación inmediata: fuego recorriendo mis venas. Después, demenciales llamados de energía falsa. Me entregué a palabras, ideas y acciones ajenas. Que no eran mías. A la mujer le hizo gracia que mi nariz se manchara de azul. Esnifó también y cogimos. Sexo rápido y triste. Furioso y vacío. 

Fumé marihuana a los 20. Solo en la cama. El tiempo se hizo lento y recibí ideas hermosas que se extendieron por todo mi cuerpo. Cerré los ojos. Vi flores rojas. Vi un ataúd dorado. Vi a Begoña desnuda. Congelé la imagen. Con una erección me quedé dormido. 

La heroína me congeló a mí lenta y sensualmente, miembro por miembro, con un delicioso beso de hielo, desde mi dedo gordo del pie izquierdo hasta el último de mis cabellos. Y los ácidos, en un concierto de The Strokes, convirtieron en dragones a las agujetas de mis zapatos e iracundos escalaron por mis piernas para atacarme. 

Regresé a la marihuana muchas otras veces. Ninguna fue demasiado interesante. Comencé a olvidar cosas. Reuniones, partidos de futbol y el cumpleaños de mi mamá. Y sí, ideas hermosas, una tras otra, pero mi cuerpo lento era incapaz de ir tras ellas. De hacer que sucedieran. Cerré los ojos. Me vi pastando, pastando plácida e inútilmente. Con millones de ideas brillantes atravesándome la cabeza pero mi cuerpo de vaca era incapaz de ejecutarlas. 

Conocí a Elsa en un concierto de Jaime López. Le dije que me gustaba mucho el sonido de su nombre y le compré un trago; ginebra con quina. Luego fuimos a un bar. Después a su casa. El crack me permitió concentrarme en la sangre dentro de mi cuerpo; mantener dentro de Elsa el pene lleno, duro, resistente.

Ella era una fumadora de crack. Me pidió que nunca le reclamara. Lo puso como condición para continuar nuestra relación. Vivimos juntos tres años. Le fui fiel. Incluso me planteé volverme adicto al crack también. No pude. Me aburrió. Me hizo daño. 

Elsa no lo consumía diario. Dos o tres veces a la semana (jueves, viernes y sábados). Siempre conservó el control sobre sí misma. El problema fue que quise casarme con ella. Mi deseo era tener un hijo. Y entonces le dije que el crack debía irse. No me dejó seguir hablando. Me explicó, tiernamente y con calma, que la estaba idealizando. Que la Elsa madre no existía. Que la Elsa junkie era lo que había. 


La muerte de mi abuela


Al día siguiente de su accidental noche de drogas, mi abuela suspendió el uso de los medicamentos. Aunque la pesadilla continuó atormentándola sobria y despierta, a toda hora, como una condena. Cerraba los ojos y se veía encadenada. Daba un grito suave, casi mudo, y se ponía pálida antes de echarse a llorar. 

Le pusieron una cuidadora de tiempo completo, a quien golpeó con su bastón a los dos días, cuando la muchacha quiso alejarla de la estufa; era medianoche y al parecer mi abuela, cosa habitual en ella, se había levantado de su cama para hacerse café. 

La metieron otra vez al hospital. Quedó aislada en algo muy cercano a una celda.  A las 13 horas, ahí encontraron muerta a mi abuela. 


La muerte de Elsa 


Elsa y yo nos separamos poco después de la muerte de mi abuela. Ella se fue a vivir a un pueblo oaxaqueño al lado de un pantanoso fotógrafo argentino. 

Tres meses después de que me dejó, tuve una pesadilla: Elsa se metía al mar con una piedra atada a cada tobillo. 

La noche de su funeral, un coro masculino cantaba liturgias latinas. Y yo lloraba con la cara entre las manos. Mis lágrimas se filtraban por el espacio entre los dedos y caían al suelo. A lo lejos, el ataúd blanco estaba abierto. Yo pensaba: “¡es tan pequeño!” y me estremecía el recuerdo de nuestros cuerpos. 

Tras la ceremonia, la madre de Elsa, a quien nunca conocí, me encontraba sentado entre dos coches al fondo de una gran extensión de tierra seca y me decía: "fuiste el único hombre de mi hija que descubrió en ella direcciones humanas, el único a quien ella amó sin buscar la muerte; hubieran podido salvarse,  ¿por qué no se casaron?". 

Yo no respondía. La madre de Elsa repetía la pregunta: “¿por qué no se casaron?”, cerraba los ojos y decía: “me veo desnuda acostada en la playa de cara a la noche; de mi útero ascienden Elsa y tú; son dos soles resplandecientes que caen al agua sin haber tocado el cielo; tendrían que estar brillando pero se hundieron en el océano”. 


Mi abuela quería cantar ópera


De niña, mi abuela quería cantar ópera. Tomaba clases y entonaba las arias de Violeta frente al espejo. Era afinaba y tenía facilidad para el sobreagudo. Cuando se casó, dejó la música. Jamás volvió a cantar. Su marido se convirtió en su prioridad. Atenderlo y liberarlo de la carga cotidiana.

Luego se embarazó. Nació mi papá y atender al hijo se convirtió en la nueva prioridad de su vida. Su mutilado sueño  de la música tuvo cierto efecto en el niño, quien se interesó por la flauta transversal. Tenía cierto talento y llegó a ocupar un atril en una orquesta filarmónica juvenil.

Pero en realidad nunca fue una posibilidad: mi abuela no tuvo la fuerza para impulsarle carrera de músico. A los 18, por el impulso paterno, sin resistencia materna, mi papá estudió para ser contador y por ese camino avanzó convencido, con pasos sólidos y eficientes.

Cuando mi papá se casó, a los 25 años, el amor de mis abuelos vivió momentos memorables. Tuvieron, por primera vez en mucho tiempo, espacios exclusivos para dedicarle al otro. Viajaron a San Cristóbal y a Mérida. Organizaban cenas románticas; iban a conciertos. En el entorno de su resurgido romance nací yo: el nieto. 

A mi abuelo no lo recuerdo. Murió cuando yo tenía 3 años. Se cayó en el jardín de su casa y una pierna rota bastó para lentamente aniquilarlo. Ya no opuso resistencia y, rendido en una silla de ruedas, murió de un infarto a las dos semanas del accidente. 

Mi abuela entonces se dedicó en cuerpo y alma a cuidarme. Me convertí en su prioridad. Estuvo ahí en todo momento. Para cuidarme cuando mis papás se lo pedían. Para llevarme a las clases de natación y de gimnasia. Para escucharme hablar con pasión sobre futbol. Para regañarme cuando usaba las manos para comer. Para llevarme de excursión a la falda de los volcanes. 

La adolescencia me separó de ella. Fue una ruptura brutal e implacable. Novias, fiestas, primeras borracheras… cosas que mi abuela despreciaba (desprecio que me transmitía con todo su cuerpo) y por lo tanto evité a mi abuela con rencor y violencia. 


Y yo escribo sobre música


I

El siglo XXI en México avanza entre decapitados, matanzas, desaparecidos y cuerpos humanos disueltos en ácido. Militares y narcotraficantes se despedazan. El país está atrapado en un estado de violencia sostenida. Horror y tragedia se han vuelto parte inherente a la vida cotidiana. Morir durante un secuestro o de un balazo cobarde en un asalto es una posibilidad real.  Las drogas son culpables de esta tragedia. La generación de nuestros padres (los nacidos entre 1950 y 1985), que dirige el rumbo del país, no saben qué hacer con ellas. No lo saben porque las perciben y usan con miedo, en nombre de la diversión y el dinero. Las repudian y hacen la guerra para controlarla. O defienden su legalización bajo el argumento de que así a los narcos se les termina el negocio. Ésas son sus políticas. 

II 

Mi abuela condenó toda su vida a las drogas como el peor de los vicios. Un pacheco era un pecador y una cocainómana el diablo. Y de pronto, casi centenaria, las drogas la hicieron entender que su vida pudo haber sido distinta: más alegre, no tan solitaria. Que pudo haberse atrevido a vivir para sí misma y pelear por ser alguien bajo sus propios términos, deseos y talentos; que pudo haber sido modista, cantante de ópera, dueña de una empresa de comida española o amante de otros hombres antes de casarse. 

Las drogas le hicieron entender que su sueño secreto, ése del que yo estoy hecho, eran las drogas mismas. Es decir, acercarse a ella. Usar drogas para encontrarse.  Y con la ayuda de las drogas hubiera podido entender aún joven que debía pelear por validar un destino íntimo, de ella, y no unirse sumisa al de otros (su marido, su hijo, su nieto y luego la más terrible nada…). 

El sueño de mi abuela era experimentar drogas distintas. Experimentarse en ellas. Pensar con drogas. Sentir con drogas. Hacer el amor con drogas. Que le hicieran mucho y muchas veces seguidas el amor con drogas. 

Soy el sueño privado de mi abuela. Me encanta esa idea. Los nacidos a partir de 1985 eso somos: drogadictos que hacemos el amor. Nuestras abuelas soñaron con las drogas y el sexo. Fue su sueño más oscuro y privado. Un sueño que nos condena. Y que en nosotros se ha salido de control hacia la violencia. Nuestra tendencia natural es hacia fragmentarnos, como Elsa* y como yo, a permanecer increados, tristes e infértiles. El problema es que en el sueño de nuestras abuelas había miedo y por eso sus elementos, drogas y sexo, son hoy causa de muerte y no de vida. Muertes físicas: Narcoguerras y sida. Muertes espirituales: Junkies que se suicidan de sobredosis y coitos frenéticos sin posibilidad de un orgasmo. 

III

Usé drogas durante todos mis veintes. Las usé para fragmentarme, para desvanecerme. Elsa me rompió el corazón. Mi abuela murió. Y soñé con el suicidio de Elsa. Entonces algo en mí se rompió hasta sus últimas consecuencias. Y ahí, en un territorio fértil para la destrucción, las drogas de pronto obraron en dirección contraria: hacia la vida. Me pusieron en contacto con mi sueño privado. Ése que mi abuela descubrió por accidente octogenaria, yo lo descubrí también por accidente a los 29. 

Y mi sueño privado son los nacimientos. Unir mis pedazos rotos. Dejar de ser tan imbécil. Buscar el amor. Abrirme hacia el amor. Y si el amor llega, usar mi cuerpo para que la mujer que amo sonría. Juntos hacer vida. Y juntos criar esa vida. Y juntos soñar un sueño suave y bello que libere de la destrucción y del miedo al mundo de nuestros nietos.

IV

Vivo exiliado en Nepantla, el último pueblo del Estado de México antes de llegar a Morelos por la Chalco-Cuautla, carretera por donde llevan drogas de una ciudad a otra. Aquí escribo sobre música con la convicción de que la música acerca mi alma hacia lo inexplicable. 

Mis crónicas están llenas de música. Busco sonidos en personas y lugares. Los cronistas de mi generación están obsesionados con las drogas y la violencia. Citan lo que un narcotraficante dice, siguen el camino de drogas que una fuente anónima les traza y narran cómo a cada paso que dan ponen en riesgo su vida. Me cansa esta no ficción bravucona y frenética, que reduce a sus personajes a imágenes de cómic de superhéroes: el criminal más malo del mundo pelea contra el policía más corrupto del país; su guerra provoca la tragedia más dolorosa del siglo, que llega a la sociedad por el heroísmo del periodista más valiente de la historia, quien también es sensible, pues su triste perfil sobre la víctima más inocente que jamás ha existido conmovió a los lectores de una revista de clasemedieros hípsters. 

Creo en un cronista cuya labor sea más cercana a la del poeta que a la de un investigador judicial. Creo en un cronista estático y paciente, que trascienda a lo que la gente dice y hace y se preocupe por saber lo que la gente siente. Defiendo un periodismo sensual cuya materia prima sean las sensaciones. 

Y el cronista debe atreverse a imaginar. A montar situaciones. En Irapuato me senté al fondo de una cantina y puse a Mahler. Poco a poco, los dos hombres que ahí bebían se acercaron  a la Tercera Sinfonía. Esta música obsesionada con la muerte los conmovió y, con el alma abierta, los tres terminamos hablando sobre nuestra intimidad. 

Lo mismo, exactamente lo mismo, hay que hacer con las drogas: llevarlas a una cantina de Irapuato para que promuevan reflexiones, inspiren a la imaginación y atraigan vida intimidad. 

Así poco a poco, los humanos comenzaremos a soñar juntos ese sueño suave y bello que libere de la destrucción y del miedo al mundo de nuestros nietos. 

V

Soñemos, privada e intensamente, que los niños sean educados para, cuando les llegue la hora, acudan a las drogas como elementos válidos para acercar sus almas hacia lo inexplicable. Que así crezcan. Que cumplan 18 educados para drogarse sin peligros. Que no sean como mi abuela y les tengan miedo a las drogas. Que no sean como Elsa y queden atrapados en las drogas. Que las usen con la certeza permanente de que las drogas tienen una función con respecto al sentido de la vida y esa función es el de mapas en las búsquedas místicas del alma. Que este sueño privado e intenso sea nuestra política.  


* Tras haber soñado con su muerte, le escribí por e-mail:


Amor, nunca fuiste mía, nunca fui tuyo; sólo éramos fantasmas.


El amor es algo que soñamos, como si nos hubiésemos quedado dormidos y compartiendo un maravilloso sueño muy antiguo.


He quedado solo, has quedado sola. Perdimos el presente.


Siempre había demasiado tiempo, de pronto era demasiado tarde; y todo estaba abandonado, y entre nosotros, ni bondad ni ternura, sólo frustración y odio.


Buscábamos placer con nuestros cuerpos, amándonos en todas las galaxias;  para ser felices, para estar unidos eternamente.


Pero no sentimos nada.


Mi pene ya no era el árbol, sino una nube, y se desvanecía buscando frenéticamente tu útero, que había desaparecido. Dejó de ser tierra húmeda para enraizarme y se convirtió en humo.


Amor, sólo éramos fantasmas.

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