Toronto en azul

Una extraña aventura culinaria por las calles de Kensington desemboca en una antigua historia de amor sobre un barco en el Lago Ontario.


Por Hugo Roca Joglar 

Una aventura culinaria

En las calles de Kensington, al sur de Toronto, marchamos con un cerdo muerto amarrado a un palo de hockey. El hocico aún sangra y el cuerpo, que mide más de un metro y pesa 14 kilos, está rígido. Las manos han sido cercenadas pero la cola cuelga y el viento tibio la agita juguetonamente.

Dos hombres cargan el palo de hockey y los demás escoltamos el cadáver. "¡Salvajes!", grita una mujer joven cuando cruzamos frente a un puesto de fruta del mercado. Cerca de ahí, en el área de pescados, un hombre muy viejo celebra extático "¡los ojos bien fritos son la parte más suculenta de todas las bestias!"

El Chef Scott guía al grupo y parece el hombre más feliz del mundo. Ríe estruendosamente y su risa se mezcla a la algarabía de motores, niños jugando y charlatanes.  “Desde que fundé mi compañía Culinary Adventure (2012), ofrezco la experiencia de Toronto a través de la comida. ¿No tengo el trabajo perfecto?: compro un cerdo y lo presumo con mis clientes por rincones misteriosos, después cocino y luego como”.

Kensington no forma parte de ningún recorrido turístico tradicional; es el barrio del grafito y la cerveza barata. Por acuerdo vecinal, los edificios están a disposición de artistas callejeros y éstos compiten por establecer una figura representativa que se repita a lo largo del panorama. 

Un pájaro amarillo y regordete, sin pelo y con forma de arco se ha reproducido inconteniblemente esta primavera. Su autor, el pintor canadiense de origen alemán Über, lo ha trazado 163 veces en la zona y puede verse de humores diversos: comiendo un chocolate, cantando rap o vestido como pandillero en semáforos, banquetas, balcones, coches y fachadas de tiendas. 

El escenario urbano de pájaros dibujados se complementa con casas de ladrillo y cortinas de plástico en cuyos techos de lámina es común que los residentes se tiendan en traje de baño a tomar el sol. También con bares ocultos, sin letreros, instalados al fondo de casas viejas, a los que sólo puedes entrar si te invita un vecino. Porque en Kensington el alcohol es sinónimo de amistad y la fiesta debe ser íntima y local. 

El Chef Scott nos lleva por un estrecho pasillo de tiendas de ropa árabe hasta un patio decorado con voluptuosas mujeres de aerosol  y mesas repletas de jarras con cerveza artesanal, de seis dólares, oscura y densa, con 9.5 grados y sabor inclinado hacia las frutas ácidas, como el limón y la cereza. 

El Chef Scott pone al cerdo sobre un tablón. La sangre se le secó en la boca y su cuerpo está frío y luce pálido. Se diría que ahora es más chiquito. “Un cerdo así tarda ocho horas en ser cocinado, por lo que lo voy a guardar en mi alacena y les daré el que cociné ayer para ustedes, con salsa de nuez y relleno de manzana”, dice mientras coloca aparte la lengua, gruesa y encarnada, rodeada por los ojos fritos. 

El Chef Scott bebe, se come un ojo de un bocado y mira con nostalgia el plato vacío donde estuvo el cerdo. Bebe más y se come el otro ojo. Levanta la vista al cielo crepuscular. La luz es naranja, el viento fresco y este hombre de más de 120 kilos sonríe con pueril terneza.

 Toronto en azul

I

Desde su barco, Richard Edwardson ha visto cómo amanece en Toronto durante 25 años. Antes del alba apaga el motor y espera al sol en medio del Lago Ontario. 

Sus mañanas favoritas son las de verano, los salmones despiertan con hambre y las primeras luces son azules y húmedas, como si Monet las hubiera pintado. 

Sobre la tierra, los habitantes son rápidos y están ocupados. Cumplen ritmos laborales frenéticos. La preocupación frecuenta su ánimo y sus cabezas se esfuerzan por evadir dificultades y encontrar prácticas salidas. 

En sus ratos libres, si quieren divertirse, van a un bar. Beben, cantan y duermen alegres. Pero cuando se trata de amor acuden al agua. 

Richard, cuando se enamoró de Elisa, nueve años más grande, la invitó a su barco. Era 1973, él tenía 17 años y frente a ellos se estaba construyendo la torre más alta del mundo. 

Ya entonces pescaba. En lo que alguna trucha mordía la carnada que cubría el anzuelo, Richard le decía a Elisa que todo el tiempo pensaba en ella y que deseaba cuidarla e intercambiar los secretos de su alma.

Mientras tanto, en la costa, la CN Tower era levantada; Edward  y Elisa la vieron subir metro a metro hasta completar sus 553.33, y vieron cómo a los tres cuartos de su esbelto cuerpo metálico le añadieron una estructura oval que le daba el curioso aspecto de un ovni atravesado por un palillo. 

Richard recuerda que a los 26 años Elisa estaba confundida. Recién había terminado la carrera de publicidad y ansiaba triunfar; al mismo tiempo quería tener el tiempo de cultivar un amor paciente y profundo. 

"A ella le atraía mi calma porque contrastaba con su naturaleza impaciente: un pescador complementaba su necesidad de siempre estar ocupada", dice Richard. 

Su aventura duró tres años. En octubre de 1976, cuando la CN Tower estuvo lista, para ambos fue evidente que se querían pero tenían necesidades incompatibles. 

La torre se convirtió inmediatamente en un icono canadiense aunque para Richard es un símbolo de su ruptura. 

Richard y Elisa; Elisa y Richard; la torre está ahí para los dos, al sur de Toronto, visible desde todos los rincones de la ciudad, pero recibe de cada uno cosas muy distintas. 

Durante todos estos años, Elisa ha visto la torre en la tierra, desde su oficina, en algún instante de ocio durante sus nueve horas de trabajo diarias. En cambio Richard ha visto la torre desde el mar, fijo en su barco, donde se ha ido haciendo viejo pescando, y la pesca lo ha hecho un soltero preciso, imaginativo y calmoso, que es feliz luchando en solitud contra los salmones.

II

A las cuatro de la tarde, tras la jornada de pesca, Richard ofrece recorridos en su barco por el Lago Ontario a turistas deseosos de salir del saturado y festivo modo urbano y conocer a Toronto en sus aires románticos, de pescadores y silencios acuáticos. 

Cuando se comienza a hacer de noche, los clientes suelen preguntar a Richard, "¿qué son esas luces que se juntan en el lago?"

"Son barcos. En Toronto la tierra es para el trabajo, la ambición y el dinero, y el agua para los besos y el consuelo”.

Cuando responde de esta manera, Richard recrea en su imaginación fragmentos de conversaciones que tuvo con Elisa y cómo ella, cuando reía, solía cerrar sus ojos azules y estiraba hacia delante las manos, pero los recuerdos lo van entristeciendo paulatinamente hasta que agrega:

“…el agua también es para las rupturas”. 

Luego Richard deja a los turistas en la orilla, los navíos anclan y el Lago Ontario pierde sus luces; entonces, asustado ante el agua desaparecida, se pregunta, con la mirada en la luz más alta de la torre, ¿dónde está Elisa? e invariablemente, desde su barco, adormilado, antes de la noche absoluta, duda: “¡Ay, Dios mío!, ¿me habré equivocado?”.

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