La Santa Realidad. Capítulo 10

    •  dsc9435 1
    • dsc9435 1

La Santa Realidad 4-2 Hooligans

Jugar a la realidad

Días antes del partido contra Hooligans, me llamó un sujeto que viaja mucho. Un sujeto enamorado del fútbol y al que le gusta jugar al amor. Me reclamó haber faltado a los últimos dos partidos. Me reclamó descuido y falta de compañerismo. Sus palabras me conmovieron. Me hicieron sentir culpable. Y al mismo tiempo me llenaron de un nuevo entusiasmo por jugar con mi equipo, por estrenar mi uniforme ausente de luz y buscar la gloria.

La noche era fría. El viento soplaba raudo y una lluvia cobarde —demasiado suave como para ser tomada en serio— amenazaba al santuario verde artificial de Villa Olímpica. La Santa Realidad llegó dispersa. Morris, siempre el primero, observaba el partido en curso desde las gradas. El frío sobre sus ojos griegos le daba una expresión desamparada a su rostro, como si sufriera por la ausencia de los demás.

El miedo a sentirnos incompletos es una constante en nuestra vida diaria —al buscar el amor, al no poder despertar a la hora planeada, al justificar la falta de tiempo, al no tener látex en una relación improvisada— que se extiende al futbol: al miedo de que los hermanos no lleguen a la cancha y se pierda por default, que es la derrota más vil y cobarde.

Sin individualidad, más bien como familia, comenzaron a llegar los otros integrantes: Juan Pablo, Luis, Rogelio, Hugo, Aldo (lesionado), Pablo (en recuperación) y el invitado Atayde. Entre risas y golpecitos con los dientes por el frío, nos dirigimos al vestuario.  Ahí tuvimos el primer careo con el rival: Los Hooligans, un equipo que ofrece una primera impresión contrastante: su playera del Necaxa los despoja en automático de respeto por falta de personalidad propia, pero sus cabezas rapadas señalan una intensidad apasionada que llama a la cautela. Su presencia en el vestidor no nos importó: comenzamos a trazar nuestra estrategia frente a ellos. Así somos: siempre estamos rodeados por enemigos, siempre acorralados. Ahí nuestra fortaleza: sabernos humanos débiles, sabernos invadidos.

A breves minutos del pitazo inicial, cayeron dos goles. Y sentimos confianza... una confianza que resultó fatal, pues casi nos empina hacia la derrota.

Nunca hay que descuidar a la novia que te dice que te ama. Nunca hay que despreciar el peso que se encuentra en una acera abandonada. Nunca hay que dejar de abrazar a los taxistas que chingan a nuestra madre porque descubrieron a su esposa acostándose con el dentista esquinero. Nunca hay que dejar de observar al público en las gradas. Somos artistas sobre un césped fabricado para que luzca el fútbol sensual. Un pasto de polímeros que brillan con la luz para iluminar nuestras caras cansadas por la semana de batallas.

El Rapado capitán de los Hooligans jugaba agresivo, con sed de victoria. Su playera gastada del Necaxa era la perfecta representación de su vida entera: glorias pasadas, gritos de júbilo, amor en exceso y recuerdos abandonados que sólo se destapan cuando la semana es tan canija que no te deja dormir y se necesita la autosatisfacción para conciliar el sueño. Abracé su coraje y abracé la mirada de su acompañante que gritaba eufórica desde las gradas. Ella lo amaba y su cuerpo necesitaba humedad; por eso lo animaba: para --aunque fuera en fantasías-- encontrarla. Llevaban años con esta sequía en su vida amorosa, que se limitaba a besos en la frente y a simplones “te quieros” . Él ya se ponía la pijama en el baño y la única vez que ella tomo la iniciativa sexual y lo invitó a ducharse con ella, se presentó bajo el chorro de agua con una trusa gris rata que deformaba su sexo y su autoestima. Por todo eso y más, él le gritaba al árbitro. Él buscaba los balones con los codos por delante y con la mirada en la portería. Él quería despertar. Por esto y más, él solo, con el equipo, el suyo, al hombro, nos empató. Y así terminó el primer tiempo: La Santa Realidad 2-2 Hooligans. 

El temor comenzaba a difundirse sobre el alfombrado como rocío de lluvia ácida. Los nervios en la media y la defensa se sentían. La playera apretada en mi cuerpo era un abrazo alentador y la soledad de los delanteros era tal que hasta las luces habían decidido abandonarlos. Como en una perfecta coreografía de ballet, el medio campo estaba iluminado por un haz de luz perfecto, con hombres corpulentos articulando la danza del fútbol. Y entre todo ese bello caos, los gritos de la pareja del Rapado. Gritos desesperados pidiéndole protagonismo. Gritos de éxtasis que imploraban por un gol tan poderoso que ella pudiera sentirlo a la altura del ombligo y en los muslos. Le imploraba a su hombre por codazos que marcaran a sus contrincantes, justo como él le marcaba el cuello a ella cuando iban en la preparatoria y fajaban en cada esquina que rezara “puto el que lo lea”.

Dos goles más cayeron hacía la recta final del partido. Dos goles para nosotros. Nuestra celebración se convirtió en loslamentos de los Hooligans. Nuestro respiro fue la extinción de la calentura que alguna vez el Rapado sintió por su amada. Al final del partido, ella dejó de gritar y se asomó a su bolso para contar el dinero en su cartera. Pensó que en ese momento unos tacos post partido podrían suplir su ausencia de orgasmos. Ahora, una vez más, tendría que dejar su suerte al próximo viernes.

Y yo, contento por la victoria, recordé a mis amigos, a mi equipo. Estábamos vivos. Habíamos trazado la estrategia enfrente del rival porque así lo hacemos siempre: de frente a nuestros rivales. Porque en realidad no tenemos ninguna estrategia especial. La nuestra es vivir y dejar que nos vivan. Es jugar y dejar que nos jueguen. Es amar y dejar que nos amen. Nuestro planteamiento es simple, jugar a la realidad.

Share |