LA SANTA REALIDAD. CAPÍTULO 11

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La Santa Realidad 1-2 Alemania


LA NOCHE EN QUE LA SANTA PERDIÓ EL INVICTO 

La noche en que La Santa Realidad perdió el invicto estuvo cubierta de señales funestas.

En la Casa-Club, a las 20:30, una copa de vino vacía se rompió en siete partes; a “Vicio” se le cayó de la mano mientras limpiaba una mesa y el cristal se estrelló contra el piso sin estrépito, con extraña suavidad casi elegante.

En un bar de la Condesa, a las 20:45, “Barbarie” vació su tercer mezcal —y su tercera cerveza— con sus tres compañeros de maestría. Brindaron por la academia, brindaron por la esperanza, y de pronto, de la nada, dentro de “Barbarie” la voraz alegría de la embriaguez incipiente comenzó a contaminarse con las agrias pulsaciones de una culpa inexplicable.

“Olvido” salió de su casa, en las inmediaciones del Palacio de los Deportes, a las 21:00 horas y notó algo en el aire: una especie de frío angustiante, que lo sumió —mientras manejaba muy lento por Circuito Bicentenario con “Dancing Queen” de Abba a todo volumen en el estéreo— en profundos pensamientos tristes (“¿cuál es el sentido de tanta miseria?”) y siniestros (“¿y si de pronto doy un volantazo y freno en seco?”).  

Los hermanos “Mediocridad” y “Pasividad” estaban inquietos; hacía mucho que no iban a jugar —el primero a causa del amor; el segundo por una expulsión de tres partidos—y, hacia las 21:30, ya cerca de la UNAM, la incertidumbre acechó sus cuerpos: ¿responderán bien mis piernas?, ¿me alcanzará el aire?, ¿estaré listo para regresar a las canchas?

“Deuda”, más o menos a la misma hora, sentía que algo debía a sus compañeros. Había pasado jornadas largas en su estudio de grabación componiendo el himno oficial de La Santa Realidad, pero no pudo terminarlo y la idea de llegar al partido sin música lo tenía irritable y molesto. Y salió de su casa, en la Narvarte, cargando con la peor sensación posible para un compositor: estar adeudado con los fragmentos de una canción increada.

 “Maldad” tuvo un día pesado en el trabajo y no podía quitarse de la cabeza las imágenes del día: hacer confesar a tres cajeras su complicidad con una banda criminal que robaba de Oxxo 1504 cajas de cigarros cada semana de tres tiendas distintas. Y cuando se subió a su coche, a las 21:45 cerca del Estadio Azteca, “Maldad” recreaba las deprimentes escenas de él aprisionando con preguntas a esas tres mujeres hasta quebrarlas: una se quebró con un estallido de risa histérica, la otra con gritos que imploraban perdón y la última con patético llanto de niña chiquita.

“Incapacidad” dejó el despacho en el que trabaja en Las Lomas 10 minutos antes de las 22:00 y tomó Periférico. Casi choca a la altura de Chapultepec (una joven mujer a bordo de un beetle gris se incorporó de la lateralsin ver ). “Incapacidad” frenó justo a tiempo, pero se desestabilizaron sus nervios y comenzó a acecharlo el recuerdo de todos los casos de fraude, desfalco y abuso de confianza que revisó por la mañana.

A las 22:00 en punto. “Indecisión” salió del ITAM muy cansado. Un cansancio absoluto, emocional y físico, que entorpecía sus pensamientos y aletargaba sus pasos. Un cansancio intenso y despiadado, que le oscurecía las ideas y entumecía sus 10 dedos de portero. “Tal vez”, pensó “Indecisión” con la mirada perdida mientras se estacionaba, “estoy saturando mi vida”.

*

A las 22:45 comenzó el partido.

Noche fría sin luna. Nubes grises llenas de agua. Lluvia ridícula: lenta, discontinua, que molestaba por tímida e incompleta. Viento. Un balón rojo en mal estado: desinflado y con gajos rotos.

El futbol —jugarlo juntos unidos en torno a un escudo común— les ofrecía a los 9 protagonistas de esta historia la oportunidad de sanar sus íntimas oscuridades a través de habilidad, fuerza, atrevimiento, diversión, rapidez, astucia, geometría y riesgos. Y el futbol, que es hermoso por elástico y azaroso, por inesperado y caprichoso, esa noche no quiso a La Santa Realidad. No quiso sonreírle y le puso las cosas muy difíciles.

El problema fue el tipo de partido que planteó el rival: Alemania, un equipo de orden y paciencia, que funciona de acuerdo a los principios del equilibrio y la moderación. Defiende siempre con tres y va adelante por capas. No salta líneas y antes de perder el balón con un pase incierto prefiere retrasar hasta el portero y comenzar la jugada de nuevo.

Y esa noche —esa noche de señales funestas, de nueve jugadores atormentados por sus fantasmas— la Santa necesitaba lo opuesto para poder sanar: un partido con espacios, abierto hacia la improvisación y la magia. Necesitaba a un rival arrojado y dinámico.

“Indecisión”, “Pasividad”, “Deuda”, “Olvido”, “Mediocridad”, “Barbarie”, “Maldad”, “Vicio” e “Incapacidad” necesitaban liberarse del miedo, de la culpa, de la angustia, de la inquietud, de la frustración, del aprisionamiento, del desfalco y del cansancio construyendo juntos vertiginosas triangulaciones llenas de poesía y alegre creatividad. Pero Alemania les planteó el peor partido posible para vencer a sus miedos: un partido cerrado, de concentración, de orden y de cálculo, tan intrincado que las ideas salían sobrando; todo se volvió cuestión de esperar que el otro se equivocara. Y así, como si dos equipos entrenados por “El Tuca” se estuvieran enfrentando, transcurrieron 19 aburridos minutos del primer tiempo.

Faltando 15 segundos para el descanso, el “19” de Alemania prendió de volea un balón dividido a las afueras del área y la puso en el ángulo. El gol en contra en un partido sin salidas fue demasiado para 9 jugadores tristes y, cosa insólita, la banca de la Santa Realidad se volvió hostil y bélica. Por primera vez en su historia, la Santa pareció un auténtico equipo de futbol mexicano: Obstinación, intolerancia y necedad. Gritos, berrinches, bravuconadas y peleas.

Para el segundo tiempo ya todo estaba roto. A los 2 minutos Alemania puso el 2-0. La Santa aguantó, se defendió bien (no por nada es la defensa menos goleada del torneo) y se salvó dos veces del tercero. Realizó posesiones prolongadas y tuvo un par de tiros peligrosos que el portero alemán sacó milagrosamente. Aunque la esencia de la Santa lucía destrozada: nada de sensualidad, nada de armonía. Era simplemente un equipo defendiendo su orgullo. Faltando 4 minutos, “Barbarie” tiró a gol, un defensa la desvió y el balón entró. Alemania 2-1 Santa Realidad. Y el final del partido fue cardíaco. “Vicio”, el goleador del equipo con 12 goles en 8 partidos, tuvo el empate, pero —distraído, fuera de ritmo, un tanto displicente— no leyó bien los movimientos del defensa central y erró una finta de rutina que lo hubiera puesto mano a mano.

A las 23:30 horas, cuando terminó el partido, como culminación de las señales del día, la lluvia se soltó en serio y la funesta realidad estaba decidida: La Santa había perdido el invicto. 

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