La Santa Realidad. Capítulo 20

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La Santa Realidad y yo

(crónica sobre las crónicas perdidas)


PRIMERA PARTE

La Santa Realidad 1-3 Leones

La Santa Realidad 2-3 Barza

La Santa Realidad 2- 0 Miguelito

La Santa Realidad 7-4 Liverpool 6


No tengo un miedo ―no he querido pensar en eso ― y siempre he jugado ―sólo en sueños― con una playera negra lisa, sin escudo; pertenezco a “La Santa Realidad” de maneras en apariencia aisladas e indirectas, pero que comparten violentos y oscuros vínculos en las profundidades de mi alma.  

Y la oscuridad en esta historia resulta muy importante:

La oscuridad del bar en el que tomo fernet a las rocas con Atayde de nueve a medianoche los martes, los miércoles y los jueves (domingos a veces).

La oscuridad de la oficina en la que ―de lunes a sábado, casi borracho― organizo las compras en el extranjero de gente rica a la que no conozco.

La oscuridad en la relación con mi ¿novia? Jazmina, una mujer rota ―belleza, seguridad, confianza, corazón, deseo, ilusiones, inteligencia. pasado, autoconocimiento, intereses… todas esas cosas están destruidas en pedazos dentro de ella― que cuando me equivoco en vez de abrazarme me grita (su voz es horrible: chillona, destemplada y estridente).

La oscuridad en la que me he escondido desde el principio cuando me enamoré de “La Santa Realidad”.

Y eso, mi amor por un equipo experimental de futbol (odio con toda mi alma a cualquier mexicano que para sonar argentino comenta la estupidez de volver futbol una palabra grave y acentuar la “u”; en mexicano futbol es una palabra aguda y así debe pronunciarse y escribirse: con el acento invisible en la “o”), me lleva otra vez a Atayde: mi hermano de vida, mi gran compadre, mi mejor amigo.  

Cómo lo conocí o por qué lo quiero tanto son relatos que no tienen cabida aquí; por lo tanto, me limitaré a decir que un viernes por la noche (2 de septiembre de 2016), por vez primera en nuestra historia, Atayde se negó a ir conmigo al karaoke coreano. Mi reacción inmediata fue: “este cabrón, al borde de su boda, está dobleteando camas”. Pero Atayde es tipo honesto, criado entre maristas, defensor de la moral cristiana, que encara sus emociones sin dobleces y expone con claridad sus motivos. Y también así juega: con rectitud y valentía; encara para superar al rival y meter gol o para perderlo e intentar recuperarlo de nuevo… no hay más: ni trampas, ni dobles caras, ni astucia ilegal para sacar ventajas. Claro: le gusta lucir, le gusta hacer una de más, le gusta el adorno. Pero todas esas cosas tienen que ver con que es zurdo y tiene sangre argentina ―por parte de la madre―, no con que sea un patán y un cínico. Por eso rechacé la idea de infidelidad. Entonces, ¿por qué de pronto me inventaba un partido de futbol a las 22:45 horas para no ir conmigo al karaoke coreano un viernes por la noche?

Así que ―cosa extraña: es una confesión que no me avergüenza― esa noche lo seguí. Me despedí de él en Casquet (un pequeño restaurante que él dirige y yo me encargo de la publicidad, trabajo en el que entrego mi más afilado ingenio mexicano; por ejemplo, mi última promoción es: “Trae a comer a tu esposa, novia o amante… pero si traes a las tres juntas, tu comida es gratis”) a las nueve y media. Lo vi subirse a su coche, paré un taxi y, como en las películas le dije: “siga a ese automóvil”.

Tuve la mala suerte de que me tocara un joven taxista ― ¿25?, gorra de los 49´s de San Francisco― extrovertido, irreverente y curioso.

 “¿Asunto de faldas?”, me preguntó con voz grave y baja, como una invitación a la confianza.

“No, sólo es una broma”, le respondí seco y de malas.

 Insurgentes era un caos. A vuelta de rueda. Semáforos descompuestos. Sirenas de patrullas y ambulancias. Dobles filas. Baches en el carril de rápida. El Metrobús deshizo la cajuela de un Jetta por pasarse el alto a la altura de Churubusco. Atayde maniobraba con ágil desesperación por evadir los obstáculos y el taxista no hacía nada por alcanzarlo.

“Si le perdemos la pista joven, ni modo: no voy a arriesgarme a que me multen… o qué, ¿en verdad se trata de algo muy importante?”.

El muy desgraciado me estaba chantajeando; su juego sucio estaba planteado: si yo le contaba, él lo perseguiría eficazmente. Y no sé por qué comencé a decir la verdad. Bien pude mentirle: invitar cualquier tipo de circunstancia estrafalaria que involucraran contrabandistas, secretos marítimos inconfesables, universitarios fresas en ajuste de cuentas, delincuentes electorales o líos monetarios entre apostadores de caballos…, pero no,  no entiendo por qué me fue imposible mentir ―la mentira nunca me ha costado trabajo; soy un mentiroso patológico: le miento hasta a mi diario― y solté una frase que nunca voy a olvidar por estúpidamente cursi, por increíblemente ridícula, por inútilmente comprometedora:

“Es que creo que mi amigo ya no quiere ir conmigo a nuestro karaoke coreano porque encontré otros amigos con quienes se divierte más…”.

Entonces es taxista ya estaba justo detrás del coche de Atayde y tuve que agacharme un poco por miedo a que mi amigo pudiera verme por el retrovisor. El taxista sonrió ―pude ver su sonrisa por el espejo― de una manera que me causó repulsión: entre irónica y desaprobatoria, como si conociera un secreto mío que condenara, como si fuéramos cómplices. Lo odié con un odio explosivo y violento; el tipo de odio efímero que sólo puede experimentarse en una calle detenida, en el diabólico tránsito de Insurgentes hacia el sur en hora pico.

Se reafirmaron mis sospechas de que Atayde me mentía: “¿qué chilango se compromete a jugar futbol en viernes cerca de la medianoche?”. Aunque también me inquietaba que mi amigo no hubiera sido capaz de inventarse una patraña más creíble. Pero sí: Atayde metió su coche en el estacionamiento de Villa Olímpica y yo me bajé sobre Insurgentes. Pagué ―105 pesos― y el taxista no dijo nada ―ni gracias― y me miró de soslayo con ―creo― cierta repulsión. Ese imbécil estaba convencido de que yo era un homosexual rechazado y celoso.

Me escondí entre un árbol y la tribuna a treinta metros de la cancha. Uno a uno, los compañeros de Atayde fueron llegando. Uniforme sobrio marca “Atlética”: playera negra con una línea verde fluorescente adornando el cuello, pantaloncillo blanco y medias negras; un curioso escudo ―blanco con negro―: ojo abierto ―con todo y pestañas que resplandecen como un aura― arriba de un triángulo invertido abierto en su hipotenusa y abajo, con letras negras, está escrito el inquietante nombre del equipo: “La Santa Realidad F.C (futbol en colectivo)”.

Comenzó el partido. Noche fría. Leones, el equipo rival, todo de blanco. En futbol, cuando las fuerzas son equilibradas entre los rivales, el triunfo está en los detalles. Y aunque “La Santa Realidad” se fue arriba rápidamente y dominó el primer tiempo con un juego rápido y dinámico, de triangulaciones y esquemas de ataque verticales, acabó derrotada a causa de los detalles. Detalles como no tener jugadas prefabricadas en los saques de banda y tiros de esquina, detalles como no establecer con claridad si la marca es por hombre o por zona, detalles como no tener la lectura de juego ―poner dos centrales― necesaria para cambiar el parado del equipo para evitar que el “7” de Leones, “Exquisito Peña”, se les siguiera metiendo por el centro, en el hueco entre el contención y el central.

Detalles que Leones dominó: empató el partido a raíz de una jugada prefabricada en saque de banda, conservó sin sobresaltos el empate con una marca por zonas perfectamente coordinada y ganó el partido con dos goles (3-1 fue el marcador final) que nacieron del mismo origen: el “Exquisito Peña” entrando por detrás del contención y tirando a gol.

Ya hacia el final del partido ―cuando iban 2-1, y la Santa presionaba sin demasiada idea, pero con una determinación que más que el gol buscaba provocar la falta 7 que les diera un penal a favor― me di cuenta de un detalle extraño: los nombres de los jugadores. Arriba del número de Atayde: “16”  decía: “Gula”. Y encima del jugador con el número 11: “Vicio”, y así uno a uno: “1”: “Maldad”; “6”: “Fraude”; “7”: “Olvido”; “19”: “Cansancio”…

 Llegó el viernes siguiente (9 de septiembre) y llegué a Villa Olímpica de incógnito ―gorra, peluca, gafas oscuras― y espié el partido escondido entre dos coches. Había pensado toda la semana en el misterio de los nombres: ¿por qué un equipo de futbol llamaría a sus jugadores “Indecisión”, “Mediocridad”, “Fracaso”, “Barbarie”, “Incapacidad”. Toda la semana vi a Atayde en el trabajo. Moría de ganas de preguntarle, pero la idea de descubrirle haberlo espiado me llenaba de terror.

Comenzó el partido. Lluvía ligera y no funcionaban tres de los reflectores ―los que apuntaban a la portería norte―, así que un tercio de la cancha estaba en penumbras. El rival, Barza, era el superlíder ―mi obsesión llegó al grado de meterme a la página de internet de la liga y descubrir que la Santa ocupaba el 4to lugar, a 9 puntos del líder― y se fue arriba muy rápido, pero la Santa comenzó a bailarse al Barza: salía jugando por abajo, conectaba cuatro o cinco pases entre medios y defensas y de pronto, de un segundo a otro, a través de una pared o de una triangulación de pases de primera, estaba en el área rival; “Maldad” tiraba de lejos; “Olvido” llegaba a línea de fono y “Gula” desequilibraba en la media cancha y le daba aire a las jugadas.

Noté que la formación 3-1-1-1 que utilizaron contra Leones ―formación que lució rígida, inoperante, agotada― la transformaron por un 2-3-1, lo que les dio mayor salida, más presencia en media cancha y presión constante a los defensas rivales. La Santa abrumó al Barza y cal inicio del segundo tiempo se fue arriba con un gol de “Vicio”, quien aprovechó la oscuridad del área rival para meterse entre portero y central como una sombra. Y la dinámica se mantuvo sin variaciones: la Santa arriba, dominando, ganando balones en cancha rival. Y algo se torció al final.

Hubo una ruptura en el ánimo. Demasiadas faltas, algunas tontas, gritos fuera de lugar entre unos y otros, y la Santa perdió la concentración. Les arrebataron el partido con dos goles en los últimos cuatro minutos. La Santa Realidad 2-3 Barza. La cruzazulearon, como se dice en mexicano.

Durante los siguientes días tuve una recurrente pesadilla. Soñé que llegaba a Villa Olímpica como parte de La Santa Realidad, pero mi playera negra tenía la parte de atrás lisa y Atayde me decía: “¿cuál es tu miedo, amigo?” y yo me quedaba paralizado, lívido, incapaz de pronunciar palabra. “Sin miedo no puedes jugar, amigo; dime, ¿cuál es tu miedo?, ¡el partido va a comenzar!”, y yo desaparecía como humo, me perdía el partido por mi incapacidad de revelar mi miedo. La pesadilla me hizo comprender que “Maldad”, “Gula”, “Cruda”, “Indecisión” y todas esas abstracciones representaban miedos: La Santa Realidad era un equipo conformado por miedos.

Llegó muy rápido el viernes (23 de septiembre). Yo sabía que Atayde se había ido de viaje, que no iría a jugar. Fui de todas formas al partido de La Santa Realidad. Ahora con mayor libertad ―nadie podría reconocerme―. Me senté al lado de los jugadores. Los escuché platicar, hacer bromas y hablar sobre mezcal. También escuché sus nombres reales y los absorbí con pasión frenética, como los niños se aprenden el nombre de sus ídolos del Barcelona y el América (el mejor equipo del mundo).

Fracaso es Max y Aldo Maldad; Mediocridad es Rich y Juan Pablo Deuda; Cruda es Raúl y Rodrigo un nombre alemán que nunca en mi vida podré pronunciar; Indecisión es Rogelio y Pablo Incapacidad; Vicio es Hugo y Diego Cansancio; Mediocridad es Alex y Luis Barbarie…

El rival (Márgaras) no llegó y la Santa destrozó 8-1 a unos chavitos como de 16 años en una cascarita.

El viernes siguiente (30 de septiembre) fue uno de los días más importantes de mi vida. Decidí dar la cara: acompañar a Atayde al partido de La Santa Realidad.

Fui de saco y camisa, pero estaba nervioso así que bebí fernet hasta que comenzó a salirme por los ojos. Llegué tambaleándome a la banca, pero abracé a todos como si fueran mis hermanos. Recuerdo que le pedí shorts al árbitro y que Atayde me dijo: “puedes estar en la banca, pero compórtate”. Y me comporté como un entrenador apasionado.

El rival era Liverpool 6, un equipo limitado. La Santa le pasó por encima 7-4- Durante todo el partido di indicaciones, felicité las buenas jugadas y me involucré como si también fueran míos ese escudo, esos colores. Al final, cuando el árbitro pitó el final, dije: “Max, bien; RIch, estuviste de huevos”. Y ese fue mi error.

Ya de salida hacia el estacionamiento, Aldo me dijo, “oye, creo que vi tu credencial de elector en los vestidores…” y lo acompañé. Cuando entramos a los vestidores, cerró la puerta y un segundo después yo tenía la cabeza sumergida en un escusado.

“¿Cómo sabes nuestros nombres?”, dijo

…balbuceé algo… me volvió a sumergir la cabeza…

 “Te vi espiándonos contra Leones, contra Barza y el partido pasado estabas en las tribunas y hoy en nuestra banca, ¿qué va a pasar el próximo partido, ¿estarás en nuestras casas?”

“Soy amigo de Atayde”, dije.

 “¿Y por qué los otros partidos estabas escondido, ¿él sabía que nos espiabas?”.

“No, es que pensé que me había mentido para irse con alguien más y luego me he sentido muy atraído a la Santa pero me da pena decirle que lo he espiado hace semanas…”.

Algo había en la voz de Aldo ―algo de impenetrable― que me hacía hablar, que me daba señales inequívocas de que tenía que hablar.

“Voy por Atayde para aclarar esto”, dijo Aldo y me liberó la cara.

“No”, le supliqué, “no quiero que se entere”.

“Muy bien”, dijo Aldo con calma, “pero mi silencio te va a costar…” 

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