La Santa Realidad. Capítulo 21

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LA NECAXEADA



CUARTOS DE FINAL

La Santa Realidad 4-3 Hooligans


Me lo imagino de niño. Sentado en el sillón de la sala de su casa viendo un partido del Necaxa narrado por Raúl Orvañanos. Además de su papá, los Doritos Nachos eran su mejor compañía para ver los juegos de los Rayos. Tenía la manía de sacar el tazo de los Looney Tunes antes de empezar a comerlos; se aseguraba de que la figura que le salía no fuera repetida, la lamía para quitarle el sabor a queso y se la guardaba en el bolsillo de su pantalón para incrementar su colección. La última vez que jugó en el patio de su escuela había perdido 10 tazos de un golpe con David, el abusón de su grado, que además era uno de esos americanistas insoportables que se la pasan hablando de lo glorioso que era su equipo y se burlaba de los demás cuando ‘Las Águilas’ arrasaban con cuanto rival se les pusiera enfrente.


Como suele pasar cuando crecemos, en su vida hubo cambios: las paredes de su habitación dejaron de lucir posters de los Power Rangers para darle paso a Nicolás Navarro, Ricardo Peláez y Alex Aguinaga. Sus juguetes de plástico dejaron de ser frecuentes en su alineación diaria y comenzó a encariñarse con el mejor amigo de Oliver Atom. Su ropa de las Tortugas Ninja fue donada a la iglesia de la comunidad para ser reemplazada por playeras que en la espalda tenían apellidos que no eran el suyo.


Su papá notó el gusto que Rogelio comenzó a desarrollar por el fútbol, en especial por el Necaxa. Después de ver un comercial en el que la directiva anunciaba que los niños entraban gratis al Coloso de Santa Úrsula, decidió que era momento de que su pequeño conociera el estadio donde su equipo jugaba cada sábado por la tarde. Una buena estrategia de Enrique Borja y el departamento de marketing para reclutar nuevos aficionados. Los viajes al oficialmente llamado estadio Guillermo Cañedo fueron cada vez más frecuentes. La experiencia le dictaba a Rogelio que, antes de salir de casa, guardara una pluma y varias hojas de papel en su mochila por si se encontraba a algún jugador para que le diera su autógrafo. Una vez perdió su pluma y le pidió una a cierta señora, pero ésta tardó mucho en encontrarla y se perdió la oportunidad de tener en un papel la firma de García Aspe con una linda dedicatoria.


Los años pasaron y el pequeño Rogelio, a su corta edad, ya había festejado más campeonatos que los seguidores de Atlas y Cruz Azul. Conocía a la perfección el sistema de Manuel La Puente: Defenderse bien y contragolpear con velocidad. No había margen de error; tenían que aprovechar cualquier oportunidad para convertir. Aunque los "Rayos" estuvieran abajo del marcador, no se rendían; lo sabía perfectamente. Por eso nunca le preocupaba que su equipo fuera perdiendo; sabía que las remontadas eran su especialidad si estaban plenamente concentrados.


El viernes pasado fue un día especial para Rogelio; enfrente suyo estaban los Hooligans, equipo complicado, aguerrido e incómodo como la diarrea. Paradójicamente ellos traían el uniforme del Necaxa, pero La Santa jugó como el Necaxa de los 90’s: Atrás. Con una defensa férrea y dura de pasar. Con latigazos a los delanteros esperando que resolvieran la que tuvieran. El subconsciente de Rogelio lo supo, supo que era momento de gritar y ordenar desde abajo. De jugar como lo hacía su Necaxa. El partido y el uniforme rival se lo recordaron. Así que sacó sus mejores atajadas y dejó en cero su portería en el primer tiempo. La Santa lo ganaba al descanso, pero al comenzar el segundo tiempo, ya estaba abajo del marcador. Rogelio supo que el partido se podía empatar y remontar. Desde la banca alentaba, pero cuando entró de cambio fue como volver a ver a Luis Hernández entrando por Ivo Basay. Jugó con ganas y entrega. Ordenó desde arriba y provocó el gol que ponía a La Santa arriba. También jugó con la mentalidad del rival. Estábamos viendo un clásico partido de liguilla mexicana, donde el que mejor jugó durante todo el torneo es eliminado por el equipo que estaba unos peldaños más abajo. La bronca que tenían los rivales era notoria: se habían preparado para el partido contratando a cinco refuerzos. En algún lapso pensaron que sería fácil. No lo podían creer. Se la querían cortar. La Santa creció en confianza y fuerza. No se intimidó. Ahora los desesperados eran ellos. Empezaron a gritarse. Gran error. No porque dañen su amistad o su esquema, sino porque cuando los rivales se gritan, La Santa festeja. Todo el torneo fue así. Era momento de darles el empujón final. Rogelio se los dio con un gran cañonazo cruzado. El grito de gol lo escucharon hasta Perisur. Era el desahogo de un partido complicado. Era el desahogo de saber que ya nos tocaba ganar así: injustamente. Era saber que no siempre la cruzazuleamos, sino que también, podemos necaxearla. 

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