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Esposa y hombre

La boda de Martín y Gloria

Texto cedido por nuestro proyecto hermano, Under Chronicles / f.@underchronicles

 

Gloria (33 años)

Tiene una marca de nacimiento atrás de la rodilla izquierda. Es una mancha más oscura que su piel con forma de trébol.

Cuando imaginaba a su hombre ideal,  Gloria lo veía alto, fuerte, valiente, adinerado, guapo, limpio, responsable, sobrio, simpático, sonriente, fiel, cariñoso, tierno, buen bailarín, cachondo y respetuoso.

Aunque había algo más importante, que le daba pena aceptar por su connotación supersticiosa, pero resultaba absolutamente indispensable:

“Siempre me dije a mí misma: Nunca te cases con alguien que no tenga también una marca de nacimiento”.

Martín (39 años)

En los caminos del amor, siempre le costó trabajo definirse, aunque a grandes rasgos sí sabía lo que estaba buscando:

“A una mujer que me quiera, que la quiera, y que pudiéramos estar juntos en silencio sin sentirnos incómodos”.

Pero estos deseos demasiado abstractos se habían transformado en una procesión de noviazgos informes, casi fantasmales, carentes de sentido, donde el deseo y el cariño, a falta de direcciones claras, terminaban por desvanecerse en una vaguedad desesperante. 

“Y yo entré y salí de este tipo de relaciones, una tras otra, durante años, hasta que me sentí completamente agotado”.

Gin y salsa

En el sur de Cozumel no hay arena. Las playas son de roca y agua. Sin viento que lo disminuya, el sol aplasta durante todo el día. La luz es lechosa y el mar turquesa.

Gloria se indignó al ver cruceros que se convierte en discotecas y un malecón para gringos donde ofrecen tequila con una insistencia que resulta molesta.

Ella quería algo fresco y sonidos latinos (“¿qué no estoy en el Caribe?”) y estuvo de malas hasta que encontró, durante su segunda noche de vacaciones, un bar rojo y amarillo: “La Rumba”.

Medianoche. Pocos clientes. Un escenario con luces blancas sobre dos músicos (guitarra y tambores) que cantaban salsa. Gloria pidió ginebra con quina y se puso a balar. 

Promesa

“¿Para qué mentir?”, dice Martín y levanta los hombros: “estaba borracho cuando conoció a Gloria; tal vez por eso estuve tan simpático”.

La sacó a bailar, le chuleó el cuerpo, la cara, los ojos y el vestido (corto, azul cielo, liso  y escotado); invitó otra ronda de ginebra con quina y volvió a bailar con ella.

Tras presentarse (“soy ingeniero, vivo en Mérida: aquí cerca; yo chilanga y abogada”), discutieron sobre Pemex, la importancia de las autodefensas y que fue claro el pisotón de Rafa Márquez 

También brindaron solemnemente por la muerte de Gabo y Gloria recordó un pasaje de El general en su Laberinto: Bolívar y su séquito navegan en Colombia y lo único que rompe el silencio de la noche caribeña es la voz del hijo de Iturbide cantando una canción mexicana muy triste.

Salieron juntos a las 3 de la mañana. La charla ya era de ebrios: ninguno de los dos podía entender por qué el mar sigue siendo azul: ¿por qué si está tan expuesta al sol y a la noche, el agua no termina por pintarse negra o dorada? Y eso les daba mucha risa.

Martín acompañó a Gloria hasta su hotel. Se despidió en el lobby con un beso en la mejilla. La hizo prometer que se verían mañana en el quiosco para comer y se fue.

A ella le gustó que tuviera el control y la decencia de no precipitarse.

Amor en cuatro días

Comieron el sábado. Fueron a bailar el domingo y durmieron juntos esa noche. Tuvieron sexo el lunes y el martes con prometedores resultados.

Pero lo más importante de esos cuatro días fueron las conversaciones: descubrirse semejantes; saberse diferentes: querer encontrarse.

55 horas de compartir palabras sobre emociones, ideas, miedos, proyectos, deseos, sueños, ilusiones, manías, defectos, intimidades, secretos, costumbres, rutinas y recuerdos cuyo contenido quedó resumido en una ridícula lista que escribieron juntos donde, según ellos, se esconde el hermoso misterio de por qué son el uno para el otro. .

La lista (fragmento)

¿En qué somos semejantes?: Aborrecer el jengibre. Gato y no perro.  Yoga. Comer carne. Dormir mucho. No hablar de nada importante en la noche. Miedo a recordar los sueños. Tener bebés y el DF es un pésimo lugar para criarlos. Anular el voto. ¡Irle al Atlante! Ginebra con quina. El mar. Coleccionar cajitas de cerillos. Ir cada año al Cervantino y al Vive Latino.   

¿Qué nos molesta del otro?: A Martín no le gusta lavar su ropa. Gloria cuando despierta se tarda dos cafés en estar de buenas. Martín se joroba. Gloria azota las puertas. Martín ronca. Gloria ronca. Martín nunca ha cargado un bebé. Gloria tiende a ser sobreprotectora. Creo que Martín es sonámbulo. Creo que Gloria está demasiado cerca de su madre. 

¿Qué nos sorprendió?: Como en la canción de Weezer, ¡vimos juntos Titanic y no nos puso tristes!

Petición

El martes al mediodía, cinco días después de haberla conocido, Martín le dijo: “¿y si nos casamos ya ahorita?”. Aún estaban en la cama. Gloria sonrió; no dijo nada.

Comieron en una pizzería con vista al mar. Vieron el crepúsculo sobre una roca, con los pies desnudos en el agua. Él le compró un ramo de girasoles. Comieron salbutes con huevo y cebolla morada en un puesto callejero. Bebieron quina con ginebra en un bar con forma de barco pirata. Se metieron al mar de noche. Flotaron de muertitos  viendo las estrellas.

Mientras se secaban, Gloria descubrió que Martín, bajo la axila derecha, tenía una mancha de nacimiento pequeña y alargada, como el fusil de un soldadito de plomo. 

Ceremonia

Fue un matrimonio secreto. Se casaron en Cozumel sin avisar a nadie. Todo se hizo instintivo y rápido. Ni familiares ni vestido. Una iglesia al sur de la isla, a dos cuadras del mar.

¿Los testigos?: cuatro desconocidos. El cura se sorprendió. Ellos también se sorprendieron. De un viernes a otro ya eran Gloria y Martín: esposa y hombre, porque así lo dijo ella:

“Nada de marido y mujer; ¡yo soy la esposa y él, mi hombre!”. 

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