Roma

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Hugo Roca Joglar


Nevó toda la noche en Roma y la Plaza de San Pedro amanece llena de ensueños invernales. Frente al Obelisco hay un muñeco con nariz de zanahoria, los niños se lanzan copos dentro de las fuentes, y hombres y mujeres, tan elegantes con abrigos y faldas largas, resbalan y protagonizan caídas humillantes. Aunque la mayor irreverencia la sufren las estatuas: San Pedro y San Pablo están ahí inmóviles, a cada lado de la Basílica, con nieve en muslos, cabello, labios y regazo que ridiculiza sus augustos y reflexivos gestos de mármol.

E incluso ahora que juega, Roma es tierra tan antigua que resulta demasiado dura. A pesar del lúdico Vaticano blanco y las risas, Roma es una vieja caprichosa dormida en ayer, sobre la mujer hermosa que alguna vez fue, y los romanos duermen cariñosos a su lado, y son duros también.

Aquí, por ejemplo, está Reneé, tan bella y miserable. Me guía por Trastévere, su barrio, y la sigo triste e inquieto. No podemos entendernos. El deseo está ahí, yendo y viniendo entre nosotros, y, sin embargo, irremediablemente se nos escapa. Entramos en un café y me pregunta “¿cuál es el problema?”.

El problema es que Reneé sirve a dioses vetustos y entrega su alma al latido de vidas pasadas. Su abuelo, romano de cepa, pintor surrealista, trazaba barcos negros en océanos de fuego, transexuales ahogados y pelícanos heridos. Reneé tiene estos cuadros colgados en las paredes de su cuarto, pero para ella no son adornos ni recuerdos, sino obligaciones sensuales. Al crearlos, su abuelo criticaba a Mussolini y Reneé toma ese odio y aborrece el fascismo íntimamente, como si estuviera vigente y la persiguiera. También está convencida de tener sangre etrusca, que le viene de las venas criminales de Tarquino, rey romano que según Tito Livio violó a Lucrecia 500 años antes de que Cristo naciera. Reneé carga la culpa de su ancestro remoto y a veces, para purgar esa condena, se siente Lucrecia, huye de los hombres y sufre en soledad una vergüenza que habita en la demencia.

La culpa es de Roma, con el sur clavado en cruces e inestable de plegarias, y el norte equilibrado en los penes rebanados de las estatuas que viven sus desnudos a través de la sangre de parejas que de noche bajo los puentes se aman. Roma es alma y es cuerpo; es algo completo, de esencia tan creada que resulta inmutable, hostil y rencorosa si te niegas a soñar sus tesoros perdidos con ella. Reneé, como cualquier romano, es pueblerina, fraternal y escandalosa, pero su corazón carga con su ciudad demasiadas historias  inconclusas; es un peso que ensombrece sus ojos y le quita la capacidad de asombro. 

Y yo en Roma me siento elástico y fresco, como si mi tierra fuera suave, mi cuerpo virgen y mi sangre nueva; existo sin cadenas y me entrego a una imaginación en persecución ilusionada de misterios que únicamente sean míos.  Entonces Reneé me pregunta de nuevo, ¿cuál es el problema?”, no contesto y me besa.

Soy una nube, nunca bajo la misma forma, nunca en el mismo lugar, fugaz y caprichosa; Reneé es un árbol, caprichoso también, aunque encadenado a su tierra por inexorables raíces de mitos y fantasmas.  

Por un segundo es un beso perfecto, de labios ávidos y húmedas lenguas, pero luego nuestros mundos distintos nos quitan la posibilidad de amarnos. Quedamos rígidos y vacíos; nos separamos en silencio, con las bocas secas, sin despedida.

Camino mucho tiempo hasta llegar a las orillas del Tíber. Imagino que construyo un barco y navegando llego a los recodos del río, donde, tras resolver el misterio de cada uno de sus naufragio, Roma se olvida de sí misma y todo en ella otra vez es nuevo.

De pronto salen los patos del agua y un brutal gato negro brinca sobre el último del grupo, de alas cortas, aún muy jóvenes; sus garras le destrozan las venas del cuello, que estallan en chorros de sangre que caen al Tíber y la muerte se disuelve rápidamente en una mágica transparencia roja, de crepúsculo en el agua.

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