La Habana: Ciudad en donde el tiempo existe

Por Luis Alberto González Arenas 

Fotos: Martina Balaban 

    • malecón
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Los secretos del mar se deslizan en cálida brisa por el vestido de esta bella ciudad mestiza; aquí es donde el tiempo decidió jubilarse y vivir junto a los relatos del sol, ese fiel testigo de momentos dorados e históricas transiciones que viven bajo el nos- tálgico susurro del pasado, que hoy, baila también al ritmo de un vigoroso presente.

La Gomorra de las Antillas como se le solía llamar a Cuba por su abundancia y riqueza, tiene como fuerza económica y cultural a “la ciudad de las columnas”, tal y como lla- maba a La Habana el escritor Alejo Carpentier. La capital de la isla es un libro de poe- sía recitado en cada imagen; versos de amor y drama se desenvuelven entre alegres sonrisas, chicas orgullosas de sus caderas y un aire que danza sobre un olor a tabaco y combustible, este último emanado por sus maravillosos autos antiguos.

En la Habana el tiempo no es un verdugo, es más bien un aliado que te hace volver a entender, que la vida es mucho más simple de lo que pensamos y nos da un solo con- sejo: sonreír.

Actualmente, Cuba vive una nueva y paulatina apertura comercial, y que decir de la noticia entre gobiernos más sobresaliente del año pasado: el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos, interrumpidas por más de medio siglo.

El turismo es una de las esferas que gracias a estas paulatinas transformaciones, ha tenido amplios beneficios. Parte de ello es la extenuante reconstrucción a la que siguen siendo sometidos los edificios y plazas más simbólicas de la ciudad, esto gracias a Eu- sebio Leal, el historiador de la ciudad que además es muy querido por la gente cubana. 

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La vieja joven

El mejor ejemplo de este impecable trabajo de restauración es caminar por las venas de la Habana Vieja, patrimonio de la humanidad situado cerca del puerto, que en una tarde de suerte y claro-oscuros, te recibe con un arcoíris que sirve como prólogo para sentir el espíritu de las calles angostas y escabrosas, vecinas de las viejas casas de donde cuelgan balcones enamorados por las mansiones, castillos, e iglesias, de porte único y distinguido.

Esta zona se regodea con cuatro plazas principales: La Plaza de Armas, considerada como el corazón de la ciudad antigua que hospeda al edificio más representativo del sitio; el Palacio de los Capitanes Generales, el más bello de la época en la llamada “villa” durante la colonia española.

Por otra parte está la Plaza de San Francisco de Asís, que matiza con la iglesia del mismo nombre, portadora de una torre que daba la mejor perspectiva para divisar a piratas que fueran amenazantes. La Plaza de la Catedral yergue un monumental templo estilo barroco con pisos en mármol color blanco y negro en honor a la Virgen María de la Concepción Inmaculada de La Habana; finalmente nos encontramos con la Plaza Vieja que fue construida en el siglo 16 con el objetivo de hacer un espacio para las co rridas de toros y las fiestas.

Inmediatamente, la calle peatonal Obispo nos pega un grito para caminar sobre sus adoquines, aquellos que han visto pasar a innumerables zapatos con quienes inter- cambian historias.

Se dice que en una guía clásica de los años veinte, se describía a los bares al aire libre de este pasaje, como “cuevas”; con ventanas llenas de diamantes, sombreros estilo panamá, caparazones de tortuga, bordados finos y perfumería. Ahora se llena de ale- gres tiendas que venden pinturas, atractivos restaurantes y músicos que siempre están acompañados por parejas de baile que parecen incansables.

Por allí se llega a un edificio emblemático de aquellos años, La Droguería Johnson, fundada en 1883, con su orquesta de frascos de cerámica que contenían especies y acti- vos medicinales, materiales que en 2006 provocaron un incendio que la haría cerrar por seis años hasta su reapertura en 2012.

Al final de esta calle nos encontramos con el bar La Floridita, considerado como uno de los mejores bares de todo el mundo; allí se inventó la bebida que en un principio era sólo para altas esferas sociales: el daiquiri. Este lugar se hizo famoso debido a que el literario y premio nobel, Ernest Hemingway, lo consideraba su resguardo preferido; de hecho allí creó su propio brebaje espiritual: “el daiquiri especial”.

A unas cuadras más, encontramos un comercio privado, el Café Francisca’s, un peque- ño y curioso establecimiento que es atendido por Nancy, una amable señora de piel oscura con ojos profundos y misteriosos como tazas de café turco a punto de revelar un secreto. Nancy nos invita a pasar y nos da un rico jugo de guayaba, tan delicioso y fresco, que la sed encuentra el amor.

Nancy nos explica la felicidad que le significa la nueva oportunidad de abrir su negocio, y con ello establecer su propia democracia, una que sin duda es muy competitiva en precios y sabor; “todos los que estamos aquí, más que entregar comida entregamos amor”.

El nombre del café viene en honor a “su Francisca”, una representación religiosa afri- cana de la cultura tradicional Yoruba, que se conoce popularmente como “santería”, creencia muy practicada en la isla. A Nancy no le basta con el jugo de guayaba y nos presenta a esa linda muñequita negra, que dice, escucha sus oraciones; con ella entre sus brazos nos recomienda pedir el arroz frito o la pizza de langosta, pero principal- mente nos pide volver.

La calle Mercaderes es otra de las vías que invitan a recorrer sus tres siglos de historia combinadas con las nuevas ofertas y restauraciones, allí nos topamos con El Museo del Tabaco y la Casa del Chocolate, que con su aroma despierta el deseo de cualquier inocente a morder una manzana de cacao endulzado recién hecha, o tomar leche con chocolate a temperatura de cerveza helada.

Las dulces palpitaciones siguen si se camina sobre el turrón de mármol del Parque Central que presume su estilo rococó, y contempla la memoria de un sitio que quiso tener el esplendor de las elegantes capitales europeas; desde allí el Hotel Inglaterra y el majestuoso Gran Teatro, muestran el glamur de sus detalles suntuosos que sólo pueden ser mínimamente opacados por aquel rey que se ve hacia el sur, el Capitolio, de imperante construcción hecha en los años veinte a imagen y semejanza de la Casa Blanca en los Estados Unidos, para albergar la nueva sede del palacio presidencial.

Dentro, se puede visitar los pasillos del Congreso, las oficinas presidenciales y la librería. En la entrada, bajo la cúpula principal, hay un diamante que indica teóricamente el centro de la Habana, desde donde parten todas las distancias de la ciudad, aquellas que también se miden con sueños al otro lado del mar.

Tras ese simbólico edificio, está la fábrica de tabacos Partagas, una de las más grandes y antiguas que aún seduce con sus cigarros hechos a manos ágiles y llenas de relatos, como los de la revolución y su museo que está en la Avenida de las Misiones y que se distingue desde fuera con la inmortal embarcación del Granma, en la cual Fidel y el Che Guevara junto a 80 guerrilleros más, zarparon desde los mares mexicanos en Veracruz, a la costa sur de Cuba para comenzar la rebelión. En esa misma calle se puede pasar al Museo Nacional de la Música, aunque toda la ciudad podría ostentar el mismo nombre, tal y como La Habana representa un museo del automóvil clásico.

Por la noche un gigante brilla por la bahía habanera y vigila sigiloso a todo aquel que atente contra la ciudad de sus amores, cuenta que le han puesto un nombre al estilo de las antiguas y religiosas novelas españolas: “El Castillo de los Tres Reyes Magos del Morro”, pero él sugiere que sólo le llamen, “El Morro”, aquel que todos los días, a las nueve de la noche, le grita al mundo que La Habana es sólo suya a través de uno de sus Doce Apóstoles, cañones que revientan a su mando para no dejar que ningún corsario, pirata, flota francesa, o inglesa, le vuelva a arrebatar a su hermosa mulata.

Este gigante era impasable en la época colonial, dando a su isla el adjetivo de la más fortificada, pues en sus puertos descansaban y partían seguras, las embarcaciones a Europa con todas las mercancías recaudadas después de sus travesías por la Nueva España. El colosal fuerte permite observar una de las mejores vistas de la ciudad para que todos puedan entender la razón de su peculiar amor. 

    • mujer
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Ruinas de Fresa y Chocolate

Una calle sola y aparentemente desesperada, lleva el nombre de Concordia, está oscu- ra y emana humo, parece una escena del Callejón de Los Milagros, nos acercamos al número 418 y encontramos una vieja puerta que da hacia una vecindad con pisos y escaleras desquebrajadas de mármol, parece que guarda algo más que un enigma y pequeñas viviendas habitadas.

De pronto aparece un desconocido, nos quedamos petrificados y él, de su rostro, saca algo inesperado, la sonrisa de un niño pequeño. Se llama Ariel Cárdenas y es quién vi- gila la entrada de ‘La Guarida’, para muchos el mejor restaurante de La Habana que últimamente recibió una reservación de Bejoncé y Jay-Z en su histórico viaje a Cuba.

Este espacio temático fue donde se filmó la multi-premiada película Fresa y Chocolate en 1993. El restaurante abrió tres años después del filme. El edificio solía llamarse Mansión Camagüey, y era una casa que se hizo con un fin clínico, se veían problemas psíquicos leves, había sauna, e incluso salones de esgrima. Ariel nació allí y aún vive en uno de sus originales rincones, recuerda particularmente aquel día que conversó con Jack Nicholson, quien visitó el paladar años atrás; “hablamos de música cubana de los años 50, del ballet y la religión Yoruba”.

Otras de las personalidades que han visitado este peculiar lugar van desde Uma Thur- man, hasta los reyes de España, pasando por el escritor Gabriel García Márquez.
El secreto de la permanencia de este sitio por tantos años, incluso en la crisis de los años 90, ha sido el sentido de pertenencia y la humildad que caracteriza también a En- rique Núñez, su dueño y además vecino de Ariel, el “Don Palabras Cubano” como deci- do llamarle.

Ariel recomienda el carnero a la albahaca, la lasaña de fruta bomba(papaya) con salpi- cón de marisco, el pollo al limón y la tarta de chocolate. Para él, no hay día sin La Gua- rida; “es mi yo, mi casa, mi vida”.

“Don Palabras” me habla también de La zona del Vedado, dónde recuerda detalles de su juventud que se asoma a través del Hotel Nacional, el más galante de La Habana, allí se tiene una preciosa perspectiva del Malecón y del profundo mar que le acompaña, sobre todo si se llega a la ondeante bandera cubana que exhibe orgullosa la estrella que no han podido arrebatarle.

El barrio del Vedado se distingue por su arquitectura Art Deco exhibiendo el alter-ego de Cuba: Miami. Ahí está el Hotel Habana Libre, donde alguna vez Fidel Castro tomó todo un piso para radicar en la zona por varios meses. A pesar de que la arquitectura del Hotel es simplona, se puede subir al piso 25 para ver la mejor vista sobre la ciudad.

El edificio distintivo de este barrio es el Focsa, la edificación más alta de América Latina en la década de los 50, que ahora es una residencia para estudiantes, quienes junto a miles de cubanos tienen un punto de reunión: El Coppelia, la heladería de la isla, un espacio donde se pueden intercambiar ideas y sonrisas con los locales mientras comes diversas y exóticas combinaciones de helado, o como los oriundos le llaman, “las ensa- ladas”. Es todo una experiencia, incluidas las largas filas de espera que al final fluyen rápido; El Coppelia es un obligado para que el alma grite: ¡Azúcar! 

    • Cuba sensual
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¡Habana Fresca!

Es hermoso pasear por las calles de esta ciudad y escuchar música por todas partes; puedes deambular y encontrarte a íconos musicales con la misma alegría que caracte- riza a los niños que juegan beisbol y fútbol sobre un mismo campo de juego; nosotros coincidimos con Amaranto Fernández, uno de los primeros pianistas de Compay Se- gundo, que tan sólo por una milésima de segundo en el reloj de las coincidencias, no pudo subir a ese auto clásico y flamante conducido por Ry Cooder, con destino al Bue- na Vista Social Club.

Amaranto se siente mal, le ha dado un golpe de calor mientras tocaba en un restau- rante-bar, “ya no es lo mismo a los 88 años”, dice mientras se apoya en el hombro de Menelao, su bajista. Con la mano que le queda libre, toma la mía y antes de retirarse grita: “¡La Habana es música!”.

Si bemoles y do sostenidos, nos llevan a un espacio inédito en la ciudad; La Casa Gaia, ubicada en Teniente Rey 157, en el centro. Su dueña, Esther Cardoso, es una actriz que desde el año 2000 ha luchado por dar un espacio a los jóvenes talentos de la isla. Los nuevos exponentes y futuras estrellas del teatro y el jazz, interpretan libremente sus increíbles capacidades sobre el escenario.

Además, Esther ha estrenado un proyecto llamado Micro teatro al menú, donde según tus recursos, seleccionas lo que quieres consumir de comida y bebida, y puedes elegir el espectáculo que deseas ver de entre cinco puestas en escena que ocurren en dife- rentes momentos de la noche. “Que vengan los actores y músicos mexicanos, aquí tie- nen un espacio”.

Bajo la misma línea innovadora y fresca, encontramos un sitio en el que Dalí se sentiría tan cómodo como dentro de sus propios relojes blandos, se trata de El Ojo del Ciclón(calle O’Reilly 501, esquina con Villegas, Centro Habana), una galería y estudio que exhibe obras del artista Leo D’ Lázaro; lo mejor de todo es que las puedes usar, es un “toca, juega y aprende” para todas las edades.

Este artista, resulta ser el hijo de José Delarra, quien entre sus más de 2 mil obras, es autor del Memorial Comandante Che Guevara, un monumento icónico de Cuba y refe- rente de la provincia de Santa Clara. Leo es una persona humilde y de pocas palabras, compartiendo un espacio para que todo el mundo entienda que vivir el presente es lo más importante; “yo le llamo la arqueología del presente, soy un excavador del mismo y con ello estudio el ahora”.

Con piezas de arte como una original mesa de futbolito que a la vez produce música y que ha originado hasta un torneo barrial en esta disciplina, mantiene su idea de que cada día es un juego: “Jugar es movimiento y el movimiento origina presente”. Leo ob- serva un columpio donde se divierte una visitante, él ríe y me dice en un suspiro: “la estaticidad es enemiga de la creación y de la vida”.

Cuba tiene el tiempo y la paciencia para volvernos más humanos, más alegres y saber que si hemos llegado hasta esta isla, es porque somos afortunados; aquí brota la parte de nosotros que nunca queremos que se vaya, esa alegría y humildad que a veces, nos da miedo conservar. Aquí la inocencia no es sinónimo de retraso, es más bien una vir- tud que su gente preserva con fervor.

¡Hermano!, me llaman, y yo sé que no hay quien lo diga de forma tan sincera, como un cubano. 

    • Cuba al sol
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